Todo está en silencio; un silencio roto de manera casi imperceptible por el palpitar de un corazón. Ese palpitar que solo uno mismo puede escuchar, y que provoca una tremenda incomodidad, pues es en ese preciso instante, cuando nos damos cuenta que hay algo dentro de nosotros que incansablemente nos da vida con cada aliento.

Que silencio hay en esta casa, tan grande y solitaria, mi fortaleza, mi ciudad, aquí soy la reina de todo. No recuerdo la última vez que hubo vida de verdad corriendo por las inmensas habitaciones de la mansión. Desde que Henry murió y los niños ya no están, esta cada día parece más yerma y sus paredes parecen alargarse hasta el infinito, haciendo la casa más y más grande hasta tal punto que parezco estar sola en la inmensidad del vacío.

Cinco años han pasado ya desde el día en que enterramos a Henry, y no se como, pero parece que cada día que pasa lo olvido un poco y eso no me entristece, si no que de algún modo me fortalece. Muchos son los que me dicen que debo de olvidar mas rápido, pero no puedo. Como olvidar a la persona con la que has compartido toda tu vida, con la que has creado una familia, y junto a la que has estado en todo momento, hasta sus últimos días. Que largos han sido los años de enfermedad, y que dolorosos, más aún cuando ni en el más mínimo desliz me permitía dejar escapar una lágrima, por mínima que fuera. No podía dejar que Henry me viera mal, tenía que demostrarle que todo quedaría intacto, que los niños estarían bien.

Continuará…

©2008 Juan José Castañón Méndez

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