Esta es la historia de un perro. Un perro al que no conocí, un perro al que solo pude observar durante unos segundos, pero que estoy seguro tuvo una gran vida.

Era un labrador negro, se veía viejo y cansado, se notaba por sus andares que había tenido una vida emocionante. Seguro que fue uno de esos cachorros a los que todo el mundo admira, pequeños, peludos, a los que solo se les distingue bien los ojos. Unos ojos grandes y marrones que desde el primer momento vieron a un niño con el que pasaría el resto de su vida.

Desde el momento en el que el niño lo llevo a su casa no hubo duda, se había producido magia, se veía a kilómetros de distancia, entre ellos había algo que mucha gente no creía posible entre una persona y un animal, había amistad.

Los años fueron pasando, el niño se hizo adulto, pero la relación con su amigo fue la misma, hablaba con él, se entendían, si algo le pasaba al perro el muchacho lo sentía inmediatamente. Iban a correr, por el monte, de vacaciones. Sí, porque cuando, primero la familia, y luego el muchacho iban de viaje, ya fuese largo, corto o al fin del mundo, el perro iba con ellos. Nunca se alejaban demasiado.

Desgraciadamente el muchacho enfermo de gravedad, estuvo en el hospital durante varias semanas, pero su amigo sabia que todo iría bien, estuvo postrado en la puerta del hospital todo el tiempo. Los padres del chico le llevaban comida, y alguna vez lo intentaron llevar a casa, pero les fue imposible.

El perro se mantuvo allí, hasta que por fin un día el muchacho salió, y creo que ese fue el día más feliz de ambos, se podía ver la alegría en el perro, saltaba ladraba, está emocionado. El muchacho lo cogió y pusieron rumbo a casa.

Durante los años siguientes la vida del muchacho cambio mucho, encontró un trabajo fuera de la ciudad, por lo que tuvo que marcharse pero como no, su amigo fue con él. Tardaron poco en adaptarse a la nueva vida. Pero nuestro amigo ya estaba muy viejo. Así que unos meses después decidió llevar de regreso al perro a casa de sus padres.

Unos meses más tarde fue cuando vi al perro en esa casa, caminando despacio, con esa parsimonia con la que andan las personan mayores, como si los años les pesaran en el cuerpo. Pero no fue esa la última vez que vi a nuestro amigo. Cuando regresaba de mi viaje, pase de nuevo por esa casa, y esta vez no había ningún perro, solo un grupo de gente enterrando un cuerpo, un animal negro, grande, parecía un perro. Y como siempre el muchacho junto a él hasta el último momento como su amigo había hecho. Porque no sé si será cierto pero me gustaría creer, que todos los perros van al cielo.

Adiós… amigo.

© Juan José Castañón